
Empezamos por el salón. Meta: arreglar esta casa. Lleva meses diciéndome que lo quiere verde. ¿Verde?. Si. Algo se me ocurrirá. No puedo ver la tele dentro de una lechuga. Me niego. Quiero quitar el gotelé. Hablo con gente. Busco pintores. Lo consigo. Me lo quitan y me lo pintan. 300 euros. ¿300 euros nada más? Si.
Pienso. Hay que convencer al Príncipe. No al verde. Ese es mi lema. Mi lucha. Cada vez que nombramos el color: bronca. Sigo pensando. Ya está. A Ikea. Veremos miles de salones. Otras opciones. Lo conseguiré. No lo dudo.
Llegamos a Ikea. Primer salón: verde. No puede ser. Me rio. Pa dentro. Sin que se me note. Pienso que es una putada del destino. Seguimos caminando. Otro salón. ¿Verde también? Imposible. Pues si. Verde oliva. Y este hasta me gusta. Seguimos caminando. Rojo oscuro. Azul petróleo. ¿Te gusta? ¿Mira que bonito quedaría una pared así? No. No le gusta. Quiere verde. Verde en vena. Le odio. Seguimos. Otro salón. Otro verde. Ni me lo creo. Bronca. Me cago en tó. ¿Todo Ikea está en verde? Si.
Decidimos. El segundo salón. Verde oliva. Pero todo el salón no. Una pared. Una sola pared no quiere. Cedo. Otra vez. Dos paredes. Le cuento que para diferenciar zona salón de comedor. Cuela. Algo que consigo.
Llegan los pintores de “muerte al gotelé”. Tres fines de semana. No me muevo de casa. Ponles café. Dales una cerveza. Otra pa mi. Madruga. Ponles una tapa. Otra cerveza. Para ellos y para mi. Cal por toda la casa.
Botes de pintura en un rincón. No me atrevo a abrirlos. No tengo valor. Ya está hecho. Es verde. ¿Verde esperanza? Lo dudo.
Ya está blanco. Sin gotelé. Paredes lisas. En breve llega el verde. Lo único verde que me gusta es la Heineken.
Llego a casa. Ya está pintado. Dos paredes. Verde. Verde oliva. Me quedo muerta. Está precioso. No me lo creo. La esperanza pasó de duda a realidad. Me encanta. Miro a Mi Príncipe. Espero un "te lo dije”. No lo dice. Yo lo hubiera hecho. Durante años. Él no lo hace. Estoy feliz. Feliz con mi salón. Verde.