
La boda fue el domingo 24 de agosto, un día después de mi cumpleaños. Nuestro propósito era acostarnos pronto, porque para la primera de las tres ceremonias, nos venían a recoger a las cinco de la mañana.
La segunda semana del viaje, la pasamos en Bangkok, en un hotelazo de cinco estrellas gran lujo en el que todo el día nos hacían la pelota porque éramos clientes VIPS. La razón es que la madre de la novia es la Gobernanta de aquel impresionante rascacielos de 36 plantas en el que me sentí la Baronesa Tyssen, bueno no, mejor, la princesa Letizia. Cada tarde nos dejaban dos orquídeas sobre las almohadas de la inmensa cama en la que mi Príncipe y yo ni nos encontrábamos. Recuerdo que al llegar a la habitación me dijo: "me acabo de enamorar....mira la pedazo de pantalla plana que tenemos... La amo". También nos obsequiaban con una bandeja de canapés, chocolates, fruta y un precioso centro de flores diferente cada día.
La noche antes de la boda, tocaron a la puerta para entregarnos una botella de vino chileno muy rico y que no dudamos en bebernos, de parte del director. Volvió a sonar el timbre y allí estaba una señora muy bien vestida que me entregó un precioso ramo de rosas blancas. Me disponía a explicarle que la que se casaba al día siguiente no era yo, que estaban en la habitación de al lado, cuando oí que me decía: "esto es de parte de mi jefa, feliz cumpleaños". Un detallazo, que luego supe que casi le cuesta su puesto de trabajo a la subgobernanta que me entregó las flores, porque la madre de la novia le había encargado también una tarta y a la pobre se le olvidó. Así que la noche acabó más tarde de lo que teníamos previsto. Y a las 4.30 en pié.
Vestidos con ropa normal, fuimos a las seis de la mañana a darle comida a los monjes budistas. Estos monjes viven de la comida que les entregan los tailandeses, y la ceremonia consistía en esperar a que pasasen y darles comida llevada en bolsas, arrodillarse y esperar su bendición. Cuando los novios dieron comida a unos cuatro o cinco, nos dejaron darle nosotros. Me gustó, fue un acto sencillo y humilde, muy íntimo, ya que solo íbamos unas siete personas.
Luego al hotel a descansar para la segunda ceremonia, la tailandesa, con el traje típico azul que puse en el blog y que una semana antes habíamos alquilado. Allí que me planté yo, enjoyada como Sarita Montiel, por cierto, ¿alguien sabe que es de ella?.
Bueno, esa ceremonia constaba de muchas partes, en una de ellas, mi Príncipe y yo tuvimos protagonismo, ya que teníamos que permanecer detrás de los novios mientras ellos recibían arrodillados ofrendas y buenos deseos sobre agua que los invitados vertían sobre sus manos unidas. Nuestra única misión era sonreír, y al final nos dedicábamos a hablar entre nosotros con la sonrisa puesta y bajito. Yo le decía al novio: "como vengan más se te van a quedar las manos arrugadas de tanta agua", mi amor me decía: "tengo agujetas de sonreír tanto, ¿cuándo acaba esta fila de gente?" y todo esto sin abrir la boca y sonriendo.
Otra vez a la habitación, hasta una siestita que nos echamos agotados de tanto protocolo tailandés. Y vuelta al cambio de vestuario. Y me puse mi vestido rojo, y se armó la de Dios...Si señores, triunfé. Llegué a la suite de los novios (más grande que mi casa y de la de cualquiera de ustedes) que estaba llena de tailandeses y se oyó un sonido de admiración que nunca olvidaré, pero que soy incapaz de reproducir, y ahí casi me muero de la verguenza. Corrí a sentarme en un sillón y miré a mi Príncipe a ver si con la mirada me decía que había provocado tal aluvión de piropos y miradas que siguieron a ese momento. Llegamos a la conclusión que era mi escote. Que le vamos a hacer si una va bien servida.
Bajamos al buffet a la boda europea, con algunas diferencias como que los novios no tenían ni mesa, ni cenaban, se paseaban entre todas las mesas sacándose fotos con los invitados, muertos de hambre, haciendo reverencias y recibiendo bendiciones y luego una entrevista que les hacía un amigo suyo sobre el escenario, sobre como se habían enamorado, que les gustaba el uno del otro y algunas cosas más de las que no nos enteramos ni nosotros ni el novio, ya que eran en tailandés. Al final, el novio dijo que iba a decir una palabras en español y dijo algo que me hizo llorar: " gracias a mamá porque no te lo pensaste dos veces en venir a mi boda. Te quiero. Gracias a mi mejor amigo por venir, y a su novia que ahora también es mi mejor amiga". Y yo pañuelo en mano, moqueando y subiéndome el escote para no hacer un momento Sabrina Salerno con el Boys, boys, boys, como ya predijo mi 4denoviembre. Lo sentí de corazón, llevábamos cuatro días pateándonos la cuidad de Bangkok juntos, los novios, la madre y nosotros, vivimos y vimos tanto juntos que ya éramos íntimos.
En todo aquel remolino de gente, se nos acercó un señor a saludarnos, yo por la pinta intuí que se trataba del director del hotel. Le pregunté a la novia y me dijo que si, entre la multitud. Para mi sorpresa el señor hablaba español, entonces empecé con una retahíla de peloteo y agradecimientos por todas las atenciones, la botella de vino, lo perfecto que había estado todo. Él muy gentil y un poco avergonzado no dejaba de repetirme que de nada, que él no había hecho nada, pero muy agradecido y un poco desconcertado. Le eché la culpa a mi escote, como cuando en España algo va mal y le echamos el muerto a La Pantoja, pues lo mismo yo con mi vestido. Cuando se fue, me dijo la madre del novio: "que simpático ese señor, el que hablaba español, la mujer es tailandesa y es secretaria en el hotel, él es americano y es auxiliar de vuelo". Socorro, "¿pero no era el director del hotel?" No, no era, el director no había podido ir a la boda. Estupendo, con el único ser que hablo en español en 15 días sin parar de hablar inglés, y no nos entendemos.
Después, a las nueve de la noche, sin baile, ni una copita ni nada, todos en tropel a despedir a los novios en su suite. De ese momento es la foto que les dejo, de como estaba decorada la cama con flores. Tras una serie de ritos y más bendiciones, cada una pa su cuarto y a dormir.