
Estoy convencida que en otra vida (si existe la reencarnación) y si antes de lo que somos hoy fuimos otras personas, yo fui un tío.
No solo porque me guste el fútbol y disfrute viendo al Madrid rodeada de hombres en un bar y soltando improperios al arbitro (que no repetiré aquí porque ahora en esta vida soy una señora).
Me encanta escuchar "El Larguero" por las noches en lugar de ver la tele, bebo cervezas como un hombre y porque estoy convencida de que algún día la ropa sucia irá solita de la cesta a la lavadora.
Siempre he tenido la certidumbre que ser hombre es más sencillo y mi vida pasada así lo fue. Seguro que me pasé la vida ligando con tias, sin complicarme la vida con casi nada, viviendo constantemente evitando las discuciones, tocándome mis tesoros más preciados: el paquete y el mando de la tele.
Los hombres son menos reecorosos, no se miran tanto al espejo, son tan felices ante la PSP o la Play que se olvidan del mundo, y no necesitan el "Hola" para vivir. Pueden hacerlo sin saber con quien se acuesta el ex-novio de Falete (si con hombres o con mujeres) si Julian Muñoz sigue con la Pantoja o si La Campanario deja entrar en Ambiciones a su suegra.
No pasan por las fatigas de un parto porque no podrían soportar el dolor, se acabaría la especie humana. Ante una gripe con la que nosotras iríamos a trabajar, nos ocuparíamos de la casa y de los niños, ellos cogerían la cama, al borde de la muerte.
Viven, en definitiva, mejor. ¿No es la felicidad pasar una vida entera sin pronunciar la frase: "tenemos que hablar"?