
Tenía ocho años cuando murió Paquirri. Recuerdo a toda mi familia en el salón de casa de mi tía viendo Informe Semanal. Fue un drama, una conmoción para ellos, más tarde supe que para España entera. Miraba todo con expectación y curiosidad, no conocía ni al torero ni a su joven viuda. Aquello tuvo que impactarme de alguna manera inexplicable.
Mi madre, atesorando siempre la historia, grabó en vídeo el reportaje. Pude ver en los años siguientes la agonía y muerte de Paquirri más de cincuenta veces, podría recitar sus palabras sobre la camilla de memoria, el entierro, su viuda con la cara desencajada llevada en volandas por sus dos hermanos…lo recuerdo todo.
Así fue como empezó mi amor por Isabel Pantoja.
Nunca olvidaré aquella noche de su reaparición en el teatro ante la Reina, presentando su “Marinero de Luces”, disco que tuvo que grabar prácticamente sedada y que ha sido el de mayor éxito en aquellos años y en su carrera. Con túnica blanca, tiara de brillantes, labios rojos y las dos alianzas en su dedo. Al final sacó a Paquirrín, que tendría unos dos añitos y aun era un niño bonito, con una rebeca de angorina azul celeste. Antes de eso, su exclusiva en "Hola" por la que le pagaron 25 millones de pesetas de la época en la decía que lo había pasado tan mal que ni si quiera podía cuidar a su hijo recién nacido, que había deseado morir para estar con él.
En el año 2000 me fui al Parador de Córdoba donde hice mis prácticas de fin de carrera durante seis meses. A los tres días de llegar, ya toda la recepción sabía de mi pasión por Isabel. Cuando una tarde mis compañeros me enseñaron un fax en el que se confirma su reserva para dentro de tres días, casi me da algo. Me pasé todas los días siguientes canturreando “Se me enamora el alma”, “Marinero de Luces”, “Pensando en ti”…
La fecha señalada me pinté como una puerta y nerviosa me fui a trabajar y a esperar la llegada de mi diva. De repente la vi entrar, con un traje blanco lleno de flores rojas, recta, altiva… Me entraron unos nervios que me bloqueé, no pude decirle nada, me temblaban las manos porque la tenía a un metro. Mi compañera Susana, que percibió mi parálisis, le dijo: “Señora, esta chica es de Canarias y quería saludarla porque es muy fan suya”, ella, con una sonrisa falsa que demostraba que estaba harta de conocer gente dijo: “vale”. Salí de la recepción, me acerqué y me dio dos besos. Me llamó la atención que era más bajita que yo y que llevaba el pelo de la cara y de los brazos teñido de rubio (si, lo del bigote no es una leyenda urbana) Si hubiera sido una fan común, habría dejado de serlo en ese momento, fue fría y distante, pero como la adoro, me dio igual.
Mi compañero que le llevó las maletas a su suite, iba tras ella y su séquito: peluquero, maquillador, asistente y María Navarro su manager. No se percataron de su presencia y cuando La Pantoja abrió la puerta de la suite dijo: “Ea, pues ahora meamos y nos vamos”. ¡Qué grande!
Luego vino Cachuli, el “dientes, dientes que eso es lo que les jode”, el Tomate y el “¡no me vais a grabara más” grito de guerra a las puertas de Cantora y que siempre he querido para politono de mi móvil. A pesar de todo, mi admiración por ella, incomprendida por mucha gente, nunca se desvaneció.
El año pasado me llegó un sms de una amiga que decía: “La Panto viene a Tenerife, página 115 de el periódico El Día”. Por fin. La iba a ver.
Las entradas se ponían a la venta en la otra parte de la isla a las diez de la mañana, a las ocho ya tenía plantada a mi prima allí. La entrada 00001 la tengo yo, guardada como oro en paño.
Llegamos al sur, mi madre, una amiga y mi prima (la que se fumó las dos horas previas para conseguir las cuatro primeras entradas). Una hora antes, sentadas merendando en una terraza, se empezó a oír un barullo de gente. Cuando miramos y vimos que el alboroto era porque paseaba por allí Paquirrín con un amigo, todos empezamos a aplaudir. Incluso en medio de la exaltación se oyó algún grito de “guapo” y todo. Flipante. Mi amiga no paró hasta conseguir sacarnos una foto con él. Podría escribir muchas cosas de ese pobre chico víctima de una fama que nunca buscó y se le vino impuesta, pero solo diré que con nosotras estuvo encantador.
Cuando ya sentadas empezó a sonar “Francisco Alegre”, todo el mundo en pie, y la vi salir, recta, altiva, con peineta y bata de cola, me entró tal ataque de llanto que solo mi madre entendió, mi amiga hasta se asustó. Tantos años esperando verla y la tenía delante.
Genial, insuperable, divina…maravillosa. Superó mis altísimas expectativas. No lo olvidaré nunca.
El concierto fue un domingo y el miércoles siguiente, a Isabel Pantoja se la llevaban detenida a los calabozos a declarar por el “Caso Malaya”. Ni todos los cumpleaños de mi vida juntos superarán los sms y llamadas que recibí ese día. Todo el que me conoce sabe de mi amor por la que para mi es La Más Grande.
Mi madre, atesorando siempre la historia, grabó en vídeo el reportaje. Pude ver en los años siguientes la agonía y muerte de Paquirri más de cincuenta veces, podría recitar sus palabras sobre la camilla de memoria, el entierro, su viuda con la cara desencajada llevada en volandas por sus dos hermanos…lo recuerdo todo.
Así fue como empezó mi amor por Isabel Pantoja.
Nunca olvidaré aquella noche de su reaparición en el teatro ante la Reina, presentando su “Marinero de Luces”, disco que tuvo que grabar prácticamente sedada y que ha sido el de mayor éxito en aquellos años y en su carrera. Con túnica blanca, tiara de brillantes, labios rojos y las dos alianzas en su dedo. Al final sacó a Paquirrín, que tendría unos dos añitos y aun era un niño bonito, con una rebeca de angorina azul celeste. Antes de eso, su exclusiva en "Hola" por la que le pagaron 25 millones de pesetas de la época en la decía que lo había pasado tan mal que ni si quiera podía cuidar a su hijo recién nacido, que había deseado morir para estar con él.
En el año 2000 me fui al Parador de Córdoba donde hice mis prácticas de fin de carrera durante seis meses. A los tres días de llegar, ya toda la recepción sabía de mi pasión por Isabel. Cuando una tarde mis compañeros me enseñaron un fax en el que se confirma su reserva para dentro de tres días, casi me da algo. Me pasé todas los días siguientes canturreando “Se me enamora el alma”, “Marinero de Luces”, “Pensando en ti”…
La fecha señalada me pinté como una puerta y nerviosa me fui a trabajar y a esperar la llegada de mi diva. De repente la vi entrar, con un traje blanco lleno de flores rojas, recta, altiva… Me entraron unos nervios que me bloqueé, no pude decirle nada, me temblaban las manos porque la tenía a un metro. Mi compañera Susana, que percibió mi parálisis, le dijo: “Señora, esta chica es de Canarias y quería saludarla porque es muy fan suya”, ella, con una sonrisa falsa que demostraba que estaba harta de conocer gente dijo: “vale”. Salí de la recepción, me acerqué y me dio dos besos. Me llamó la atención que era más bajita que yo y que llevaba el pelo de la cara y de los brazos teñido de rubio (si, lo del bigote no es una leyenda urbana) Si hubiera sido una fan común, habría dejado de serlo en ese momento, fue fría y distante, pero como la adoro, me dio igual.
Mi compañero que le llevó las maletas a su suite, iba tras ella y su séquito: peluquero, maquillador, asistente y María Navarro su manager. No se percataron de su presencia y cuando La Pantoja abrió la puerta de la suite dijo: “Ea, pues ahora meamos y nos vamos”. ¡Qué grande!
Luego vino Cachuli, el “dientes, dientes que eso es lo que les jode”, el Tomate y el “¡no me vais a grabara más” grito de guerra a las puertas de Cantora y que siempre he querido para politono de mi móvil. A pesar de todo, mi admiración por ella, incomprendida por mucha gente, nunca se desvaneció.
El año pasado me llegó un sms de una amiga que decía: “La Panto viene a Tenerife, página 115 de el periódico El Día”. Por fin. La iba a ver.
Las entradas se ponían a la venta en la otra parte de la isla a las diez de la mañana, a las ocho ya tenía plantada a mi prima allí. La entrada 00001 la tengo yo, guardada como oro en paño.
Llegamos al sur, mi madre, una amiga y mi prima (la que se fumó las dos horas previas para conseguir las cuatro primeras entradas). Una hora antes, sentadas merendando en una terraza, se empezó a oír un barullo de gente. Cuando miramos y vimos que el alboroto era porque paseaba por allí Paquirrín con un amigo, todos empezamos a aplaudir. Incluso en medio de la exaltación se oyó algún grito de “guapo” y todo. Flipante. Mi amiga no paró hasta conseguir sacarnos una foto con él. Podría escribir muchas cosas de ese pobre chico víctima de una fama que nunca buscó y se le vino impuesta, pero solo diré que con nosotras estuvo encantador.
Cuando ya sentadas empezó a sonar “Francisco Alegre”, todo el mundo en pie, y la vi salir, recta, altiva, con peineta y bata de cola, me entró tal ataque de llanto que solo mi madre entendió, mi amiga hasta se asustó. Tantos años esperando verla y la tenía delante.
Genial, insuperable, divina…maravillosa. Superó mis altísimas expectativas. No lo olvidaré nunca.
El concierto fue un domingo y el miércoles siguiente, a Isabel Pantoja se la llevaban detenida a los calabozos a declarar por el “Caso Malaya”. Ni todos los cumpleaños de mi vida juntos superarán los sms y llamadas que recibí ese día. Todo el que me conoce sabe de mi amor por la que para mi es La Más Grande.





