
Estoy de capa caída. No estoy teniendo muy buen principio de otoño, no solo por los acontecimientos de la semana pasada con el coche. La vida a veces tiene esos parones en los que a pesar de no tener motivos reales para no ser feliz, simplemente no encuentras el motor que te impulse. El de la ilusión.
Pienso en la mala suerte de esa conocida que tras muchos meses buscando trabajo, encontró un señor mayor al que cuidar y a la semana le dio un infarto al pobre hombre. Pienso en amigas que no están pasando por buenos momentos, concretamente en mujeres que quieren reunir la fuerza para dejar de amar y no la encuentran. En familia que está muy lejos y que están dejando de serlo para separar sus vidas y las de sus hijos. Pienso en familias como la de Juanma que luchan para ese niño que quiere vivir. En gente que pasa penurias. En los 330 inmigrantes que llegaron ayer a Tenerife no en busca de una vida mejor, en busca de una vida digna. Pienso en todo eso para animarme y pasar esta semana tan azul oscura casi negra en la que me encuentro, pero no me ayuda.
Llamo a mi amigo Oliver para desahogarme y contarle que estoy hundida y me sentencia con un diagnóstico que me sorprende: “Cata, tu lo que tienes es una depresión post-parto. Estás rechazando a Pakirrín como esas madres que tras dar a luz sienten ese despego hacia sus bebés por el agobio que les supone el cambio de vida. Tienes que reconciliarte con él”.
¿Será eso verdad y estoy pasando una depresión post-parto sin haber estado nunca embarazada? ¿Alguien en este mundo ha sufrido algo así por un coche?
Todo lo que cuento aquí es verdad, no es la primera vez que lo digo, pero el otro día me llamó una amiga, preguntándome si me habían pasado en una semana todo lo que contaba en el post anterior sobre mi Pakirrín. Creía que me había inventado algunas cosas. Ojalá, pensé yo.
Muchos insisten en que lo bendiga o le cambie el nombre, hasta me han recomendado llamarlo Sacha, porque a la familia Thyssen le va mejor que a la Pantoja. Me niego, a las duras y a las maduras, ya tendrán tiempos mejores.
Pienso en la mala suerte de esa conocida que tras muchos meses buscando trabajo, encontró un señor mayor al que cuidar y a la semana le dio un infarto al pobre hombre. Pienso en amigas que no están pasando por buenos momentos, concretamente en mujeres que quieren reunir la fuerza para dejar de amar y no la encuentran. En familia que está muy lejos y que están dejando de serlo para separar sus vidas y las de sus hijos. Pienso en familias como la de Juanma que luchan para ese niño que quiere vivir. En gente que pasa penurias. En los 330 inmigrantes que llegaron ayer a Tenerife no en busca de una vida mejor, en busca de una vida digna. Pienso en todo eso para animarme y pasar esta semana tan azul oscura casi negra en la que me encuentro, pero no me ayuda.
Llamo a mi amigo Oliver para desahogarme y contarle que estoy hundida y me sentencia con un diagnóstico que me sorprende: “Cata, tu lo que tienes es una depresión post-parto. Estás rechazando a Pakirrín como esas madres que tras dar a luz sienten ese despego hacia sus bebés por el agobio que les supone el cambio de vida. Tienes que reconciliarte con él”.
¿Será eso verdad y estoy pasando una depresión post-parto sin haber estado nunca embarazada? ¿Alguien en este mundo ha sufrido algo así por un coche?
Todo lo que cuento aquí es verdad, no es la primera vez que lo digo, pero el otro día me llamó una amiga, preguntándome si me habían pasado en una semana todo lo que contaba en el post anterior sobre mi Pakirrín. Creía que me había inventado algunas cosas. Ojalá, pensé yo.
Muchos insisten en que lo bendiga o le cambie el nombre, hasta me han recomendado llamarlo Sacha, porque a la familia Thyssen le va mejor que a la Pantoja. Me niego, a las duras y a las maduras, ya tendrán tiempos mejores.



